Un Packard negro cae
(Poemario. 1987-1992)
Félix Rodríguez
Aviso
A un elefante que sufra de insomnio se le debe frotar el lomo con sal, aceite de oliva y agua caliente.
Aristóteles
(Citado por Bertrand Russell en “Unpopular essays”)
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– I. La casa vieja –
Diario de bitácora
Ahora ya puedo morir.
Cuando se abran los párpados,
la clepsidra de la adolescencia
se habrá extraviado para siempre.
He amado, he sufrido, he escrito.
Ya no moriré joven, ese pavor.
Ahora, morir antes o después
será parecido, porque la vida
nunca está firmada y sellada,
faltará el último verso,
arrancado siempre de mala manera.
Este amanecer romperé veinticinco calendarios.
Y cuando dos lunas como dos mujeres
viajan alrededor mío, o dos soles
me reclaman con su fuego y sus manchas,
sé que ha llegado el momento
de embarcar hacia el nuevo continente
del amor encontrado en los laberintos.
Quizá besé a la Bella Durmiente,
pero ahora, amarte es contemplar el mar.
El mar que nunca finaliza,
amaneciendo, anocheciendo. Es hora de navegar.
9 de febrero de 1987
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Cesare Pavese en tus ojos
Cesare Pavese en tus ojos marinos,
y la niebla de Milano en tu voz, invernal,
como un acento de distancia que te difumina
hoy que vuelvo a verte, en estos instantes
ya huyentes, y tú con ellos.
Hoy es un buen día para escribir
poemas melancólicos, cuando la lluvia impregna.
Cuando la húmida y lenta mañana
navega como un recuerdo sobre mis manos frías.
Como una estatua de ceniza traspasándome
con sus ojos muertos, su quietud gris
después de olvidar el tiempo, las estaciones.
Hoy es un buen día para escribirte.
Para callar sobre la carta de un amigo lejano,
para sentarse y mirar los trenes en sus vías muertas,
que no podrán llevarnos adonde están ellos,
los amados amigos que un impasible corcel alejó.
Cómo quisiera conocer alguna respuesta,
declarar cómo puedo vivir bajo las máscaras,
por qué las mañanas siguen sucediéndose,
sin ningún signo, ningún párpado esperando
siquiera en los más recónditos rincones,
siquiera el silencio de alguna plaza sola
sea tañido con la melancolía de saberte irrecobrable.
Únicamente esta punzada, esta súbita daga
en un día lluvioso, como hoy. Como hoy, memoria.
Ojalá llueva donde estás, algún puente,
aunque sea frágil, como esta jornada mojada,
hospedándonos, aunque sea un instante,
de las incesantes lanzas de los días,
de sus heridas como mares, separando.
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“Era un buen día para morir” –Abuela japonesa
Per tutti la morte ha uno sguardo. (Para cada uno, la muerte tiene una mirada)
C. Pavese
Para ti fue la mirada de la nieve,
para ti la blancura como último nombre,
para ti la inmóvil pupila transparente
de aquel día insoportablemente hermoso y febrero.
Los últimos ojos que te miraron, con el hielo.
¿Conociste su bello rostro sin sombra?
Ella llega siempre antes, siempre pronto.
Y ahora, ¿qué será de tu casa, de tu vida?
Aquella mañana toqué tu chaqueta,
y ahora siento en mis manos la tierra fría,
la interminable noche de la tierra y sus raíces,
celándote para que nadie vuelva a ver tus ojos,
aquellos ojos transidos de temor en tu alba final.
Ya la arcilla profunda y umbrosa te cubre,
ya el olvido comienza a extender su manto
sobre ti, sobre tu historia, la historia de Julia.
Los hospitales ya no sabrán de ti,
o tal vez sí, algún archivo retendrá tus iniciales.
Pero yo no, no puedo dejarte partir,
porque conozco el innombrable veneno que te asesinó.
Conozco a la insidiosa Lucrecia que te acosaba.
Conozco a esa negra reina de la obsidiana,
desde el más profundo mineral sabrá darme jaque mate.
Reconozco a esa moradora del colmillo de las cobras,
a esa errante navegadora de nuestra sangre,
sus inatacables palacios en el norte lejano.
Palacios para nosotros. Para ti, Julia, ahora.
Has tenido que morir para que la nombrara.
Has tenido que morir para que mirara el espejo.
Para una paciente de la sala de hemodiálisis del hospital de Guadalajara.
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Nunca he visto el mar
He entregado mis sueños a la noche,
como barcos cuyo destino es naufragar.
He dejado que la marea los arrastre,
que la tenue mirada de la luna
los aleje con las horas que no tienen final.
Por eso, durante el día
voy recalando en las islas,
sabiendo que hay un océano
devorando mis sueños, mis naves.
Todas las noches oigo batir el oleaje,
cuando las tumbonas crujen de frío y soledad.
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Nota topográfica
Esta mañana, parada en la puerta,
me miraste como un transatlántico herido,
recién regresado de mares
demasiado turbulentos.
Me miraste con esas pupilas
como gacelas cansadas de danzar
en busca de los clavecines de la sabana.
Tus ojos. Ese juego de perfumes,
las estelas de las góndolas cruzándose:
nuestros ojos, ese tejido de transparencia
y sielncio con que vas creando
un laberinto de fronteras, de canciones,
en el que estoy atrapado,
entre sogas invisibles y largas como el deseo,
por una ternura que ni siquiera sé si existe.
(Esta es la breve acotación
de las márgenes de un río.
Nunca tuvieron un puente latino
que venciera el alto vértigo
que les condenó a la novela, a Cervantes).
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Maneras de amor y muerte
Conocía su manera de mirar.
Su manera de caminar y entristecer.
Pero sólo llegó a su última máscara
cuando conoció
su manera de matar.
¿Mata la luna,
en esas noches de insomnio
en que los sueños merodean
como navíos extraviados
en una larga derrota sin costas,
únicamente islas incendiadas?
¿Mata tu mirada,
cuando, sabiendo que nunca
una palabra tuya y cisne
me tiznará de clavecines la noche,
sé que tus ojos esconden venenos
que tus labios no se atreven a beber?
¿Mata el torero,
o muere la memoria de la noche
ante un mediodía de luces verde y oro,
espada sabiendo que se aproxima
su ocaso, también?
Matan tus ojos,
como mata la noche,
como mata un estoque.
Pero sólo el tiempo es una forma de morir.
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Una concha es tu nombre
Una concha es tu nombre,
cuando amarte es mirarte,
cuando temo este mar,
la furia de la sal y de las ondas.
No quiero romperla,
romper esa fragilidad,
ese aliento tuyo rozándome
mientras bebo tu mirada,
ese veneno paralizante,
o tus frases de arena deteniéndome.
Tus ojos, playas para morir
bajo un sol, bajo un estío final.
Tu nombre es una concha
matinal, próxima a quebrarse,
un puente que caerá sobre mis huesos,
como sólo pueden saberlo
los ahogados, muerte de lenta
imagen, de lento terror.
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Manzanas
Contemplarte como
las islas observan los océanos,
más allá de los días, de las estaciones,
a pesar de la danza de las edades.
Quererte para herir el olvido,
para encontrar un ignorado tiempo
en los violines de tus caderas,
para encontrar tu cierta memoria,
aquellos días rubios de tu infancia
que sólo conoceré a través
de la niebla de tus cabellos,
esa niebla matinal de algún paraíso.
Quererte por las manzanas ácidas
que escondes en tu regazo,
en tu voz, en tus hombros
de huesos de mampostería,
dulce y dura, como catedrales
redondeadas
por el tiempo y el silencio.
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MOTIVOS
¿Qué significado extraer
del cuello y lino de los cisnes
agonizando en su propia tersura?
¿Por qué un bosque altísimo
puede aplacar la sed de venganza
contra el metal de los relojes,
hasta ser Dalíes falsificados?
Cuando un violín y un piano
se preguntan íntimamente
el nombre secreto del tiempo,
¿por qué creo que la respuesta
será una espada apoyada en mi pecho?
Cuando oigo tu voz sin ver tus ojos,
¿por qué convoca vientos salados,
naufragios anticuados y melancólicos,
el último día del verano, tan extraño,
incluso el recuerdo inexistente
del puente de Praga sobre la lluvia?
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