RAÍLES COMO VENAS
Raíles como venas
de la vida anhelada.
Traviesas, cicatrices
cartografiando el tiempo,
desde aquellas adolescencias
perdidas en los ocasos
que veían pasar los trenes,
palabras de arquero
apagadas por jefes de estación
rigurosamente muertos,
cuyos huesos
eran muros de luto,
para que bajáramos los ojos
mientras los coches veloces
escapaban indemnes
a la derrota repetida
de la jornada corporal.
Un norte entresoñado,
un mar sin caracolas lacradas,
sin peces muertos en la arena:
inmenso no sólo a los miopes
y azul hasta el vómito
o hasta Velázquez.
Trenes donde siempre llovía
en la evocación
de los relojes ausentes.
Iban a lo amado lejano
o a puentes más allá
de las lentas arenas del límite,
sin guardabarreras manchados
de prosa herrumbrosa
de las altas marquesinas familiares.
Cuando su paso era un himno
ante las cabezas inclinadas
de los virtuosos maravillados
como pasajeros sin equipaje.
Después, el primer viaje
tras las provincias
arribó al hierro forjado
y sus reglamentos, insignias
doradas de horarios y gentes.
Era la estación ebria
de muchedumbres inaudibles,
saludando con sus billeteras
a las sonrisas de la Guardia Civil,
las cadenas tintineando
de alegría y marcapasos.
No quiero pronunciar
tu nombre atareado de crímenes…
pero es en la mirada puntiaguda
de los maquinistas
donde deberías habitar,
leves de felicidad
y calidez sin muletas,
sobre los puentes infinitos
que llevan siempre al norte,
sin abandonar
los departamentos
que se abren afectuosos
cada vez que hay bruma.
Sólo quiero morir
en la estación término
de amores ferroviarios
punzantes y engrasados,
como bielas rotas
y reparadas.


